martes, 11 de febrero de 2014

El día que España miró hacia sí misma

Cuando alguien tropieza contigo o te golpea, lo normal es que mires hacia un lado y al otro para ver quien ha sido o busques que lo ha provocado, este reflejo se da comúnmente en las personas sanas, sin embargo, se ha observado en ciertos individuos con un grado menor de retraso mental, que al ser golpeados, se enfadan con la parte de su cuerpo que les duele, atizándose repetidamente en ese punto hasta autolesionarse.

Este es un fenómeno propio de una mente enferma, y de también de algunos animales, incapaces de discriminar entre un estímulo externo de uno interno, se da en también en ciertas sociedades o grupos de individuos y por desgracia, no se puede diagnosticar hasta que son golpeados.

Hoy 11 de febrero de 2014 falta exactamente un mes para el décimo aniversario del atentado que iba a poner de manifiesto la enfermedad terminal que aquejaba a España. Un ataque, posiblemente por parte de un actor no estatal, en forma de acción terrorista.

La sociedad lo encajó como un “atentado”, un hecho al que estaba acostumbrada por las innumerables acciones de ETA y que tenía su liturgia particular, todo empieza con el estupor e indignación, sigue con las condenas, las manos blancas a continuación y, después, el olvido, hasta el siguiente golpe. Pero esta vez, el ataque era de carácter “apocalíptico”, no era “selectivo” como los anteriores. Tenía un objetivo claro, destruir España como actor estratégico.

Los casi doscientos muertos y los cientos de heridos, efecto material del ataque, sólo eran el catalizador para alcanzar los efectos estratégicos, los terroristas habían finalizado ya su trabajo antes incluso de que supiéramos que habían estado ahí. Los creadores de opinión pública y la puesta en práctica de una política diferente se encargarían de materializar esos efectos. El pueblo español se encogió.

No había sido casual que España fuese elegida como blanco. La debilidad de sus instituciones y la vulnerabilidad y división de su opinión pública, la hacían pieza adecuada para asestar un duro golpe al mundo occidental, suprimiendo a uno de sus peones. A partir del 11 de marzo de 2004, España desapareció como actor estratégico y se volvió hacia sí misma, como había hecho en los dos siglos anteriores.

Una ola de “catetismo” invadió el país. La fabricación de “diferencias” entre regiones se acentuó, “la España plural”, a la vez que la Constitución se adaptaba convenientemente a las circunstancias. Se apeló a la “memoria histórica”, como si de la Guerra Civil al postmodernismo de principios del siglo XXI no hubiese ocurrido nada, y se articuló una política de “ampliación de derechos” que no era más que ingeniería social, al más puro estilo orwelliano.

El 11 de marzo de 2004 se convirtió en fecha incómoda. La sociedad española no consideró la acción terrorista un ataque a su soberana integridad, sino a una retribución por una errónea política exterior. Cualquier estado moderno que sufriese una agresión semejante habría empleado los resortes adecuados para conocer quien promovió el ataque y a quien beneficiaba, en el ámbito internacional, para actuar en consecuencia.

El subconsciente traicionaba a la clase dirigente, pues aun no siendo responsables, una voz les  susurraba reveladora en lo más profundo de su hipotálamo que la gente no les iba a creer, y renunciando a la última oportunidad que tendrían como hombres libres de unir a la sociedad en un sentimiento único, decidieron taparlo, sembraron la duda e hipotecaron nuestra soberanía. Pues a una sociedad que se le había inoculado el “no a la guerra”, no podía concebir que alguien emplease la violencia organizada para alcanzar fines estratégicos.

 La solución final fue aplicar el procedimiento penal, aunque era, a todas luces, insuficiente. La “verdad judicial” aclararía el hecho. Hoy se conoce dicha verdad, pero poco se sabe de quién ordenó el ataque y a quien benefició en el ámbito internacional. La opinión pública, dirigida por su clase política y por los medios de comunicación, olvida, y mientras tanto, se golpea y se autolesiona porque le duele y eso la enfada todavía más. 

Te preguntarás porque escribo hoy acerca de esto, y no dentro de un mes, quizás sea porque probablemente para entonces, ya habrá demasiada gente hablando y opinando de lo mismo, como si no hubiesen pasado 10 años,  alguien sacará un esqueleto del armario, y todos estaremos más confusos y con menos ganas de pensar.